El exorcista y los exorcismos (1)

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El exorcista por excelencia es Jesús, el Cristo, y en su nombre se ha de realizar todo exorcismo. Jesús, en Su perfección, era capaz de conjurar a los demonios en nombre de Dios de manera instantánea y en el primer intento, como se puede ver ampliamente en la Biblia (Mateo 8,16; Mateo 8, 18-32; Mateo 9, 32; Mateo 15, 22-28; Marcos 1, 21-27; Marcos 3, 11; Marcos 5, 2-20; Marcos 7, 25-30; Marcos 9, 14-27; Lucas 8, 27-39; Lucas 9, 38-43; etc.).

Jesús dio a sus discípulos el poder de exorcizar demonios y malos espíritus (Mateo 10, 1; Lucas 10, 17-19; Marcos 3, 14-15; Marcos 6, 7;), más poderoso cuanto más fe tenga el exorcista (Mateo 17, 15-22) y mayor sea su capacidad de oración (Marcos 9, 28-29). Y lo que es más: otorgó este don a todos los humanos, incluso aunque no pertenecieran al núcleo de apóstoles del siglo I (Marcos 9, 38-40; Lucas 9, 49-50), siempre que lo hicieran en Su nombre y mediante la fe y la oración.

No obstante, ningún otro humano, y menos en la actualidad, goza de la perfección de la fe de Cristo. Es por ello que, por intensa que sea su fe y por sincera que sea su oración, debe seguir una serie de pasos, y correr una serie de riesgos, que no eran necesarios para el Salvador. Y al igual que ningún médico puede curar como curaba Jesús, ningún exorcista puede conjurar a los demonios y a los espíritus perversos como lo hacía Él.

El exorcista es el verdadero protagonista de todo proceso de posesión, pues la víctima está sometida a los deseos e infamias del demonio o mal espíritu que tiene en su interior. Un antiguo profesor jesuita, Malachi Martin, afirma en su libro “Huésped del Diablo” (1976) que el exorcista “debe ser un hombre en buen estado físico, entre 30 y 60 años, con una fe a toda prueba y mucho más interesado en servir a Dios que en las cosas del mundo. No es necesario que sea excepcionalmente culto, pero si que esté muy cultivado en demonología, con una amplia experiencia. No debe escandalizarse ni alterar su ánimo fácilmente, y ha de seguir los preceptos cristianos en su vida cotidiana. No tiene por qué ser sacerdote o pastor, aunque muchos de ellos lo sean”.

Normalmente, dispondrá de uno o dos ayudantes. Al menos uno de ellos deberá conocer el procedimiento del exorcismo y lo dirigirá, de tal modo que el exorcista no se vea distraído por las triquiñuelas del demonio o de la entidad posesora. Tampoco estaría de sobrar disponer de un médico, siempre que se pueda. En todo caso, lo más importante es la fe y la disposición del exorcista y de sus asistentes. Deben estar en buen estado físico y psicológico, y hallarse relativamente libres de culpa; especialmente, ninguno debe tener sobre su conciencia pecados secretos que el demonio o los bajos astrales o malos espíritus puedan utilizar durante el exorcismo.

Durante el ritual se suelen utilizar óleo consagrado y agua exorcizada (que es más efectiva todavía que el agua bendita. Se recitan pasajes bíblicos, salmos y determinadas oraciones del exorcismo, tantas veces como sea necesario. En ocasiones, se hace necesario usar también otras oraciones, incluso de otras confesiones o religiones, como pueden ser por ejemplo oraciones en hebreo, en musulmán o en arameo. Todas son válidas a la hora de enfrentarse a una entidad maligna. Asimismo en otras ocasiones son necesarias oraciones de liberación de espíritus o rituales como por ejemplo, el que nosotros denominamos de Caridad Espiritual, para despedir a un desencarnado, despegarlo de este plano terrenal al que está aferrado y enviarlo hacia la Luz.

El principal peligro para el exorcista es quedar poseído por el demonio o demonios a los que desea conjurar. Esta es la razón por la que debe estar tan libre de pecado como sea posible, sin sentir en secreto necesidad alguna de castigo. Si no, los demonios pueden hacerse con él fácilmente. Un ejemplo de este peligro fue lo sucedido al padre Jean-Joseph Surin, el exorcista de Loudun, mientras intentaba liberar a la hermana Jeannes des Angest. Surin se crió en un claustro, practicaba la auto-negación durante sus primeros años como sacerdote, sufría graves dolores musculares y prácticamente no mantenía ningún contacto social o religioso. Cuando llegó al convento donde se hallaba Jeannes des Angest, estaba muy delicado de salud y se hallaba en un estado mental confuso. Surin quedó poseído durante el proceso y murió poco después.

EL EXORCISTA TIENE DERECHO A COBRAR

A menos que esté sustentado por alguna organización religiosa, el exorcista tiene derecho a cobrar por sus servicios, pues hombre es y como hombre debe mantenerse, tanto él como su familia, en caso de tenerla. Además, como se ha visto, su tarea incluye el gravísimo peligro de quedar poseído a su vez. Tradicionalmente, la paga es de un siclo de oro (14’40 gr) al día, y la de sus ayudantes, cinco siclos de plata (72 gr) al día. Esto, lógicamente, eran los valores existentes siglos atrás. En cifras actuales, lo habitual es que la paga sea de 50 dólares americanos por media jornada (unos 30.000 pesos chilenos), o bien de 150 dólares (unos cien mil pesos chilenos, si el exorcismo se realiza a jornada completa). A esta cifra se le puede sumar el coste de los materiales utilizados en el proceso. La mayor parte de los exorcistas suelen estar dispuestos a adecuar sus requerimientos económicos a las posibilidades de la víctima o de los familiares de ésta.

Por razones obvias, el exorcista debe ser persona de mundo que no se escandalice o turbe fácilmente ante las bajezas del demonio o aquellas que la persona posesa pueda cometer bajo su control y su dominio. También debe ser un hombre discreto y de confianza, capaz de guardar los secretos que la víctima o quienes la rodean le comuniquen. Cuanto más sepa el exorcista sobre la víctima y su entorno, y en particular sobre las ocasiones de Mal, más eficazmente podrá hacer su trabajo. Así pues, además de exorcista, es en la práctica un “confesor”; aunque en el caso de ser un laico, no pueda ejercer el sacramento de la Confesión como tal.

El lugar óptimo para practicar el exorcismo es aquél en el que se pueda establecer una conexión bien definida entre la víctima y el demonio, como su habitación o su casa. Si esto no es posible, debe buscarse un lugar tranquilo y discreto, preferiblemente santificado, exorcizado y sellado. El exorcismo nunca debe realizarse en un lugar donde pueda ser interrumpido por personas o factores ajenos al mismo.

(Continuará)

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