Dos mujeres que expulsan al diablo

mujeres-expulsan-diabloÉste es el caso único de Rosa y Cristina: llevan más expulsiones del maligno que el exorcista oficial del Vaticano, Gabrielle Amorth, de quien son sus ayudantes desde hace varios años. En este reportaje rompen por primera vez su silencio y nos cuentan que ellas también estuvieron poseídas.

Rosa, la señora Rosa, tiene 76 años y es delgada, enclenque, con el rostro surcado de arrugas y la mirada cansada de quien ha vivido mucho, de quien ha sufrido mucho. Suele vestir de negro, como las viejas de una época, y por continuar con el tópico uno se la imaginaría sentada en su casa en Roma haciendo calceta o tejiendo un jersey de punto a un nieto. Lo que nadie podría sospechar nunca es que esta italiana achacosa ha visto a gente retorcerse por el suelo, les ha visto escupir clavos, cristales y cadenas que se les materializaban en la boca, les ha visto caminar por las paredes, babear bilis, hablar con voces estremecedoras, vomitar papillas cementosas…

Rosa, la señora Rosa, es la mujer que ha asistido a más exorcismos del mundo, la más veterana luchadora contra el demonio. Lleva nada menos que 27 años combatiendo al maligno. Y ahí sigue. «Es como en las películas, a veces incluso peor», asegura riéndose entre dientes con su vocecilla temblorosa.

La Iglesia católica contempla que sólo los sacerdotes especialmente nombrados para ello pueden llevar a cabo el ritual para tratar de expulsar al diablo de una persona poseída. Las mujeres, por tanto, no pueden bajo ningún concepto ser exorcistas. Pero lo que una mujer sí que puede hacer es ayudar a un exorcista. Y eso es precisamente lo que hace Rosa: es el brazo derecho del padre Gabriele Amorth, el más famoso exorcista del mundo, el de la diócesis de Roma, autor de más de 150.000 exorcismos. Pero Rosa incluso está más curtida que él en posesiones diabólicas: ya ayudaba al predecesor y maestro del padre Amorth, el padre Candido Amantini, quien hasta su muerte en 1992 fue el principal exorcista de la capital italiana. De hecho, se dice que fue el propio Amantini quien le pidió a Rosa que siguiera al lado de Amorth.

Rosa, la señora Rosa, tiene además un tipo de experiencia de la que el padre Amorth carece: asegura haber sido ella misma víctima del maléfico. Ella, su marido y sus seis hijos, todos ellos varones, sufrieron durante 32 años los tormentos del diablo. «Las enfermedades llegaban una tras otra, todos estábamos enfermos. Los médicos rajaban, nos abrían, pero nunca encontraban nada», explica la señora. «Uno de mis hijos, por ejemplo, tenía todo el cuello completamente hinchado, y los médicos no conseguían explicarse qué le pasaba. Le hicieron dos operaciones, pero siguieron sin encontrar nada».

Una amiga le sugirió que tal vez se podía tratar de una posesión diabólica, así que, desesperada, Rosa llevó a su hijo al padre Cándido. «Le puso las manos sobre el cuello y le dijo que ya no volvería nunca a tener ese problema. Y así fue». A partir de ese momento, Rosa comenzó a frecuentar asiduamente las misas del padre Cándido. Y de manera natural comenzó a echarle también una mano durante los exorcismos, rezando durante el rito y, en los casos más graves, ayudando a inmovilizar a aquellos que se retorcían y se convulsionaban cuando el sacerdote trataba de expulsar al demonio de sus cuerpos.

 Otra reclutada

Fue Rosa quien a su vez reclutó a Cristina, una oronda y sonriente mujer de 61 años, madre de un hijo y de una hija, que hace ocho se unió al equipo del padre Amorth, también ella en calidad de asistente. Las dos mujeres son vecinas del mismo barrio de Roma. Cristina estaba pasando una mala racha, tenía problemas de familia, estaba al borde de la depresión, no encontraba ningún motivo para levantarse por las mañanas. Rosa, un poco para forzarla a salir de ese agujero negro, empezó a pedirle que la acompañara cada vez que iba a asistir al padre Amorth. «Al principio me quedaba en una esquina, rezando», cuenta Cristina. «Pero poco a poco fui haciendo cada vez más». Hasta complementarse a la perfección con Rosa. Cristina, por ejemplo, es corpulenta, y para ayudar a movilizar a los endemoniados más graves resulta estupenda, mientras que Rosa, entre la edad y su físico escuchimizado, no es tan efectiva en ese terreno.

¿Miedo? Rosa y Cristina se miran y se echan a reír. «No, para nada. Yo antes tenía miedo de todo. Si la cortina se movía por el viento daba un brinco de terror; si me quedaba sola en casa me asustaba… Pero desde hace ocho años se me han quitado todos los miedos. Es realmente un don del Señor», explica Cristina.

Sin embargo, motivos para tener miedo no les faltan, ya que el catálogo de horrores que aseguran haber presenciado resulta sobrecogedor. Tanto que a Amorth y a ellas les han ido echando una detrás de otra de las 23 iglesias en las que practicaban los exorcismos. «Por miedo, porque se oyen los gritos, los golpes», afirma la señora Rosa. «Lo que se ve en películas como El Exorcista es verdad, y a veces incluso peor». Y ya saben lo que se ve en ese filme emblema del cine de terror: vomitonas de masas viscosas de color amarillento, ojos inyectados de sangre, cuellos que se retuercen hasta lo imposible, bocas que hablan lenguas extrañas y extinguidas, cuerpos que levitan…

«El padre Amorth tiene una caja llena de cadenas, clavos, cristales y otros objetos que se han materializado en la boca de los que exorcizábamos», explica Rosa, al tiempo que precisa que otra de las características del demonio es que para él no hay secretos. «Una vez un sacerdote vino a uno de los exorcismos del padre Amorth sin estar en estado de gracia. El demonio se dirigió a él y le dijo: “¡Tú, ¿qué haces aquí? Esta noche has cometido actos impuros!”. El sacerdote escapó corriendo».

La peor maldición

Rosa y Cristina se enredan a contar batallitas. Hablan por ejemplo de ese enfermero de Bolonia que consagraba a los recién nacidos al demonio, como en la Semilla del Mal de Roman Polansky. Hablan de los ritos satánicos que se celebran en un hospital de Roma. De esa madre que maldijo a su propia hija, que según cuentan es el tipo de maldición más fuerte que hay. Hablan de Ángel, el mexicano al que recientemente el Papa realizó un pequeño exorcismo que dio la vuelta al mundo. «Después pasó por aquí, el padre Amorth le hizo un exorcismo, y fue realmente terrible. Ese pobre hombre tiene dentro cuatro demonios», cuenta Cristina.

Afirman con resignación que la mayoría son casos perdidos. «Cuando vienen es porque se sienten físicamente muy mal. Pero en cuanto mejoran vuelven a las andadas. Hay gente que no se cura nunca. ¿Por qué? Sólo Dios lo sabe». Lo que dejan claro es que un sólo exorcismo no sirve para expulsar al diablo. «Un exorcismo lo debilita, para conseguir sacarlo es necesario realizar varios», revela Rosa.

Son conscientes de que muchos las miran como a bichos raros, porque los exorcismos parecen algo de la época medieval. «Muchos sacerdotes y muchos obispos son los primeros que no creen en la posesión diabólica. Tendrían que venir a un exorcismo, ya verías tú si a partir de ese momento creen», se ríen. Están muy contentas con el Papa Francisco, quien en numerosas ocasiones ya se ha referido al diablo. «Lo que debe hacer ahora es empujar a los obispos a nombrar exorcistas, porque hay muchísimo trabajo y los que hay no dan a basto. Y tenemos la obligación de dar alivio a toda esa gente que sufre y que está desesperada, porque antes de venir a un exorcista han probado de todo».

Fuente: Reportaje de Irene Hdez. Velasco en elmundo.es

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Acerca de Josep Riera de Santantoni

Parapsicólogo e investigador psíquico. Hipnoterapeuta. Consejero y Sanador Espiritual. Exorcista y terapeuta de Liberación, por la gracia de Dios. Su esposa Aguamarine es Alta Maga blanca, vidente y médium. Consejera espiritual. Experta en rituales de Limpieza, Descargas y y Contrahechizos.
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