Diablesas en la antigüedad y el triste papel de la Iglesia en la denigración de la mujer

Diablo y diablesa, en una pintura de Paul Cézanne

Seguramente, la más antigua representación de las fuerzas maléficas que se conoce se encontró en una cueva perteneciente al Auriñaciense, la cueva de Trois Fréres, donde se halló grabada la figura deforme de un personaje, que ha sido identificado como un brujo o mago, y al que se otorga una antigüedad de por lo menos 50.000 años antes de nuestra era. El brujo está revestido de extraños ropajes y cubre su frente con una cabeza cornuda, de ciervo.

Más numerosos han sido los descubrimientos arqueológicos pertenecientes a las culturas de Asiria y Babilonia, donde aparecieron muchísimas figurillas en los enterramientos, casi todas ellas de formas grotescas.

Anteriormente, unos 4.500 años antes de Cristo, en el Éufrates  -los restos arqueológicos aquí son menos abundantes-  se efectuaban enterramientos idénticos a los asirio-babilónicos, en los que no faltaban las figurillas de demonios, fabricadas en terracota, y que ejercían la función de amuletos que preservaban al muerto del peligro de ir a los infiernos arrastrado de la mano de los espíritus del mal. El amuleto significaba devoción y culto, respeto, y era suficiente para que, en reciprocidad, el difunto fuera dejado en paz en su largo viaje al más allá.

Lo que sí sorprende un poco es el hecho de que las representaciones diabólicas prehistóricas abundan en el tratamiento de los malos espíritus femeninos. Las estatuillas presentan formas femeninas con sus atributos anatómicos extraordinariamente exagerados; pero es raro encontrar representaciones masculinas, aunque sí se han descubierto en las tumbas asirias y babilónicas reproducciones de falos, que debemos interpretar como exteriorización del culto que se rendía a la fertilidad. La caza y la procreación eran la ocupación primordial de la vida, no sólo porque no existían otras posibilidades ni otras perspectivas, sino también porque eran la garantía de la alimentación y del predominio o hegemonía sobre otras tribus o grupos humanos. Un pueblo bien alimentado y numeroso podía hacer frente a cualquier hostilidad y contingencia, ensanchar sus dominios y vivir en paz.

La perdición del hombre

Es decir, según los restos arqueológicos que nos ofrece la historia, eran diablesas y no diablos los espíritus malignos que pretendían la perdición eterna del hombre; eran ellas las que hacían enfermar a los niños, las que proporcionaban partos dolorosos a las mujeres, las que debilitaban las fuerzas de los cazadores y guerreros con sueños eróticos nocturnos, durante los cuales se producía una abundante eyaculación, necesaria para que las entidades demoníacas de multiplicaran. Del semen humano derramado involuntariamente en sueños, o de la práctica del vicio onanista, surgían multitud de espíritus malignos que después, a su vez, harían acto de presencia en los sueños de los hombres en forma de hermosas mujeres, extraordinariamente seductoras, que copulaban con ellos y facilitaban así más semen, en una cadena sin interrupción.

Quizá tenga todo esto relación con la Biblia, en donde se condena como uno de los vicios más execrables la práctica del onanismo, y no porque el hecho en sí fuera considerado como pecaminoso o negativo a los ojos de Dios, sino más bien a causa de que, impidiendo su práctica, obviamente se impedía la proliferación de los demonios.

De espíritus del mal femeninos, a demonios

El caso es que desde las etapas históricas anteriores inmediatamente a Jesucristo, en las cuales existía un predominio notable de espíritus del mal femeninos, hasta la actualidad, las cosas han cambiado mucho. A partir de la difusión del cristianismo son demonios los que pierden a las almas, aunque, eso sí, a través de las mujeres, que son proclives a toda clase de vicios y a toda clase de pactos con quien sea, aunque sea con Satanás, para satisfacer sus bajos instintos y llevar a los hombres, igual que hizo Eva con Adán, a la caldera de Pedro Botero.

Esta ha sido la opinión de la Iglesia, que no la nuestra, ni mucho menos.

Recuérdese que hubo momentos en la historia de la Iglesia en que se puso en tela de juicio, por parte de los sabios teólogos, si la mujer era un ser humano (si poseía un alma, como el hombre, o no) o era simplemente un bicho. Nada ha sido tan machista, tan antifeminista, tan inhumano, como la Iglesia católica. Porque aprovechó la figura, más o menos menos mítica o real, del demonio, para producir miedo y conservar las ovejas quietas en el redil de sus creencias; pero lo hizo denigrando a la mujer, a la que siempre consideró como causa de todos los males, motor de la condenación del hombre e intermediaria de los poderes de Satanás a través de la poderosísima cadena del sexo.

Ahora son brujas, y no brujos, las que son poseídas por el demonio, en una discriminación sexual verdaderamente ofensiva. Y cuando son los hombres los que tienen relación con Satán, copulando con un demonio femenino o asistiendo a las orgías de los aquelarres, lo hacen más bien como el que se beneficia de la prostitución, que luego se recompone, sacude sus solapas y sale a la calle sin haber perdido su categoría de señor.

El bien y el mal, lucha continua

Existía, pues, en las etapas primitivas del hombre, el culto a Satán y todo lo que ello arrastra consigo: la magia negra, la posesión y, en consecuencia, los exorcismos. En los mismos enterramientos prehistóricos que hemos mencionado, junto a las figurillas deformes de las diablesas, aparecieron también otras que reproducírian rasgos completamente humanos, y que se utilizaban para engañar a los espíritus del mal:  se colocaba la estatuilla junto al enfermo y el demonio se equivocaba y centraba su maleficio sobre ella y no sobre el cuerpo del postrado. En manuscritos muy antiguos se han recogido también fórmulas de exorcismos utilizadas para expulsar a los malos espíritus del interior de los posesos.

Todo ello con una lógica muy elemental y a la vez muy contundente: el bien y el mal no pueden provenir de la misma fuente;  si el mal se produce, hay que recurrir a las fuerzas del bien. La verdad es que en las culturas primitivas no queda muy claro si es más poderoso el bien o el mal; era más bien una lucha continua la que se celebraba, con victorias alternantes. Fue el cristianismo quien decidió otorgar la primacía a Dios sobre el demonio. Indiscutiblemente, desde entonces, las cosas se han complicado muchísimo más, pues a la vista queda que las victorias continúan siendo alternantes y que el bien no tiene suficiente para desterrar el mal. O acaso convenga que sea así, aunque no comprendamos para qué…

(Continuará en parte 2)

Fuente: ‘Brujería y Satanismo’, de Joaquín Gómez Burón.

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Acerca de Josep Riera de Santantoni

Parapsicólogo e investigador psíquico. Hipnoterapeuta. Consejero y Sanador Espiritual. Exorcista y terapeuta de Liberación, por la gracia de Dios. Su esposa Aguamarine es Alta Maga blanca, vidente y médium. Consejera espiritual. Experta en rituales de Limpieza, Descargas y y Contrahechizos.
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