Los castigos del Infierno

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Muchos creen que la razón no puede dar ninguna prueba concluyente de la eternidad de las penas del infierno, aunque puede mostrar someramente que esta doctrina no entraña ninguna contradicción. Siendo que la Iglesia no ha tomado ninguna decisión sobre este punto, cada cual es completamente libre de asumir esta opinión. Como es aparente, el autor de este artículo no la sostiene. Admitimos que Dios pudo haber extendido el momento del juicio mas allá de la muerte; sin embargo, de haberlo hecho, habría permitido al hombre saber sobre ello y habría hecho las correspondientes provisiones para el mantenimiento del orden moral en esta vida. Podríamos además admitir que no es intrínsecamente imposible para Dios aniquilar al pecador luego de cierta cantidad de castigo, pero esto estaría menos conforme con la naturaleza del alma inmortal del hombre; y, en segundo término, no conocemos ningún hecho que nos haga tener derecho de suponer que Dios actuaría de tal manera. La objeción radica en que no hay proporcionalidad entre el breve momento del pecado y un castigo eterno. ¿Pero porqué no?. Ciertamente, admitimos una proporción entre un buen fruto momentáneo y su premio eterno, pero no, es verdad, una proporción de duración sino una proporción entre la ley y sus sanciones apropiadas.

Nuevamente, el pecado es una ofensa contra la autoridad infinita de Dios, y el pecador está de alguna manera consciente de esto, aunque imperfectamente. Consecuentemente, en el pecado hay una aproximación a la malicia infinita la cual merece castigo eterno. Finalmente, debemos recordar que, aunque el acto de pecar es breve, la culpa del pecado se mantiene para siempre; porque en la próxima vida, el pecador nunca da la espalda a su pecado por una conversión sincera. Además, se objeta que el único objeto del castigo deba ser la reforma del que hace el mal. Esto no es verdad. Además del castigo inflingido para corregir, también hay castigos para la satisfacción de la justicia. Pero la justicia demanda que quien se desvíe del camino correcto en su busca de la felicidad, no encuentre su felicidad, sino que la pierda. La eternidad de las penas del infierno responde a esta demanda por justicia. Y, además, el temor al infierno en realidad no detiene a muchos del pecado; y, sin embargo, y en tanto es una amenaza de Dios, el castigo eterno también sirve a la reforma de las morales. Pero, si Dios amenaza al hombre con las penas del infierno, El debe también llevar a cabo Su amenaza si el hombre no observa evitando pecar.

Para resolver otras objeciones, debemos hacer notar:

*  Dios no es sólo infinitamente bueno, sino que es infinitamente sabio y santo.
*  Nadie es echado al infierno si no lo merece total y enteramente.
*  El pecador persevera por siempre en su mala disposición.

No debemos considerar el castigo eterno del infierno como una serie de términos distintos y separados de castigo, como si Dios fuera por siempre una y otra vez pronunciando una nueva sentencia e inflingiendo nuevas penas y como si El nunca pudiera satisfacer su deseo de venganza. El infierno es, especialmente a los ojos de Dios, una unidad una e indivisible; no es sino una sentencia y una pena. Podríamos representarnos un castigo de intensidad indescriptible como en cierto sentido al equivalente a un castigo eterno, lo que nos podría ayudar a ver mejor cómo Dios permite al pecador caer al infierno – cómo un hombre que hace tabla rasa de todas las advertencias Divinas, quien falla aprovechándose de toda la paciente indulgencia que Dios le ha mostrado, y quien en desenfrenada desobediencia esta absolutamente inclinado raudo hacia el castigo eterno, lo que es finalmente permitido por la justa indignación de Dios de caer al infierno.

En sí mismo, el dogma católico no rechaza el suponer que Dios pueda, a veces, por vía de excepción, liberar un alma del infierno. Por lo tanto, algunos argumentan con una falta interpretación de la I de Pedro 3:19 y sgts., que Cristo liberó a varias almas condenadas con ocasión de Su descenso al infierno. Otros fueron mal guiados por cuentos no confiables en la creencia que las plegarias de Gregorio el Grande rescataron al Emperador Trajano del infierno. Pero ahora los teólogos son unánimes en enseñar que tales excepciones nunca ocurrieron y nunca ocurrirán, una enseñanza que bien puede ser aceptada.

Si esto es verdad, ¿cómo puede la Iglesia orar en el Ofertorio de la misa por los muertos:  “Libera animas omnium fidelium defunctorum de poenis inferni et de profundo lacu” etc.? Muchos piensan que la Iglesia usa estas palabras para designar el purgatorio. Sin embargo, pueden ser explicadas con mayor rapidez, si tomamos en cuenta el espíritu peculiar de la liturgia de la Iglesia; a veces ella refiere sus plegarias no al tiempo que son dichas, sino al tiempo por el cual son dichas. Por lo tanto, el ofertorio en cuestión se refiere al momento cuando el alma está por abandonar el cuerpo, aunque es positivamente dicha algún tiempo después de tal momento; como si actualmente estuviera en el lecho de muerte del creyente, el sacerdote implora a Dios de liberar las almas del infierno. Pero sea cual sea la explicación que preferimos, esto permanece cierto, que, al decir este ofertorio, la Iglesia intenta implorar sólo aquellas gracias que el alma aún es capaz de recibir; a saber, la gracia de una muerte feliz o la liberación del purgatorio.

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Acerca de Josep Riera de Santantoni

Parapsicólogo e investigador psíquico. Hipnoterapeuta. Consejero y Sanador Espiritual. Exorcista y terapeuta de Liberación, por la gracia de Dios. Su esposa Aguamarine es Alta Maga blanca, vidente y médium. Consejera espiritual. Experta en rituales de Limpieza, Descargas y y Contrahechizos.
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